Rod Stewart recorrió su historia en un show de elegancia y de clásicos

Eso de asumir al público de la Quinta Vergara como un ser con vida propia, un ente de características únicas e invariables en el tiempo, es algo que a todas luces no se sostiene. La de aquí, como la del Teatro Caupolicán o cualquier otro, es una audiencia con una sola vida por noche, determinada principalmente por el nombre que comande la velada.

Por eso es que no viene al caso sacar a colación el lugar común de la “deuda” a la hora de hablar de Rod Stewart en Viña, Festival al que ningunéo en 2002 con un plantón que puso de cabeza a los organizadores de entonces (Canal 13).

Esta noche fue la que fue, y en ella el escocés demostró que no hay rencores posibles ante una figura de su tamaño, que hoy intenta imprimir en calidad superior las mejores páginas de su pasado, para gusto de un público mayoritariamente adulto y con paladar de salón, que se siente a gusto cuando nota que se ha cuidado cada detalle.

Eso es lo que Stewart hace, y lo evidencia desde la largada con “This old heart of mine”, pese a ciertas obstrucciones en el sonido, que por momentos hacen apenas distinguible la contenida voz del artista en el interior del anfiteatro, así como otros matices de su nutrida orquesta.

En ella todo está en su lugar, para recrear con precisión los matices de rock and roll, blues y otros que componen su mezcla, y así dejar que sobresalga la estampa de sus bien elegidas coristas y encargadas de bronces, quienes con toda seguridad debieron aprobar castings, además de audiciones.

En ese contexto es que circularon temas propios y ajenos, como “Some guys have all the luck”, “Tonight’s the Night” y “Rhythm of my heart”, aunque la celebración entre la audiencia estuvo reservada sólo para los clásicos y los más encendidos.

Así, “Young turks”, “Baby Jane”, “Forever Young” (junto a su estupenda hija Ruby) y “Da ya think I’m sexy?” encontraron avasallodora respuesta, al igual que la íntima “Talk about it”, una de las que interpretó junto a un septeto chileno de cuerdas. Punto aparte para “Hot legs”, el momento en que al escocés le da por regalar balones de fútbol, y que sumió al público en localizados duelos por hacerse de uno.

Y punto aparte también para los animadores y la entrega de trofeos, agrupados en un solo extenso e innecesario bloque, en el que Rafael Araneda y sobre todo Carolina de Moras intentaron explicarle al escocés qué demonios sucedía. Le hablaron en reiteradas ocasiones del orgullo de tenerlo acá, y hasta de Chile en el Mundial de Brasil, sin traducir ni media palabra de vuelta, para después de extensos minutos pedirle que volviera a cantar. Sólo en ese momento Stewart celebró con algarabía. “Por fin”, pareció decir.

Fuente: Emol.com

 

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